sábado, agosto 16, 2008

Ladrar al aire



El perro, a veces, habla solo... Pero no como los humanos, claro. Lo que hace, en su afán contemplativo, es comentar las cosas consigo mismo. Es una manera de tomar conciencia de ellas.
Como es un perro, no le funciona la memoria igual que a las personas, que recordamos casi sin querer, sino que debe concentrarse más en lo que ve o escucha, recrearse, para que le quede un recuerdo. Y a veces ladra al aire porque se emociona. El toro enamorado de la luna. El perro enamorado de lo inmenso. Todas las grandes extensiones le atraen sobremanera. Le encanta sentirse pequeño en la inmensidad, y varias horas se le pasan en varios minutos cuando contempla hacia lo lejos, imaginando lo que habrá donde ya no le llega la vista. Entonces ladra... Y a cualquiera le parecería que espera respuesta, pero no tiene por qué. Y, desde luego, no suele esperar respuestas de otros perros; lo que él quiere es, posiblemente, entender los motivos de lo inmenso. Pero despreocúpate, que un perro no quiere realmente eso o, mejor dicho, puede quererlo pero no darse cuenta.
Una vez me puse a ladrar con él. Coincidimos en una venta de Andalucía. En la parte de arriba estaba él, correteando por el balcón. Al principio le observé. Ladraba varias veces y observaba; volvía a ladrar y se quedaba de nuevo petrificado. Enfrente había montañas, y al fondo de todo se veía el Mediterráneo. Pasados unos minutos le empecé a hacer rabiar: le tapaba los ojos y le ladraba al oído, pero lo único que conseguí fue que me esquivara continuamente para seguir observando y ladrando, esperando y ladrando.
Y empecé a ladrar con él. Me miraba a los ojos, y siempre esperaba a que ladrara yo para seguir. Hice la prueba: una vez paré más de un minuto y otra vez, algo menos. No ladraba el perruco. Pero ladraba yo, y ladraba él.
Cuando la venta se fue llenando de gente y los platos iban de aquí para allá, me acerqué al mostrador y pregunté de quién era el perro. Me dijeron que no lo tocara, que era uno de esos perros silvestres que me podían arrancar el brazo de un solo mordisco... Pero yo no les creí.
En ese momento, yo tenía menos de 12 años y era bastante perro también: fiel, leal, ladrador rebelde... Y entre mis características humanas estaban el auto-odio, la rebeldía sin causa, la incomprensión autoinducida... Pero, bueno: normal; me estaba metiendo en unos años que no me apetecían, y reírme de mí mismo no era mi fuerte. Pero era feliz, y creo que casi cualquier niño tiene que recordar algún instante en que lo fue. El perro también lo parecía, y disfrutaba observando el ir y venir de las gentes en la venta, con sus gritos y con los niños dando saltos: aglomeración, qué maravilla.

Francisco López

2 comentarios:

Cristhian Sebastian Rodriguez dijo...

Bonita historia que compratistes con ese can y además no sabia esa curiosidades de mis perros ahora les tendre más detalles a sus acciones....!

àngels miarnau dijo...

El cuento lo escribió quien lo firma, Francisco López, y esta sensación de historia compartida puedes multiplicarla si entras en su blog
http://perrodiario.blogspot.com
Saludos y gracias por tu visita