viernes, agosto 03, 2007

Más buenos que Lassie


Ni muros ni barrotes. Las celdas son casas cuyas puertas no se cierran nunca en la prisión de Bastoey (Noruega), donde 115 de los delincuentes más recalcitrantes de ese país preparan su reinserción social cuidando ovejas o cultivando fresas silvestres. Desde el ladronzuelo de poca monta hasta el criminal reincidente, los prisioneros llegan a esta pequeña isla del fiordo de Oslo para terminar su tiempo de condena en un régimen penitenciario sin celdas de castigo ni guardias armados, que se basa 100% en la confianza y cuyo objetivo es que el recluso vuelva a la sociedad sabiendo vivir de lo que él mismo genere sin tener que delinquir. Los “instrumentos” de trabajo son los animales de granja y el entorno natural: de 8.00 a 15.00, los reclusos se ocupan de vacas, corderos, cerdos o gallinas, y con el tiempo, el contacto continuado con estos animales “ablanda” al más duro de los convictos. Como dice el director de la prisión, Oeyvind Alnaes, “resulta fascinante ver como un grandullón que ha pasado la mayor parte de su vida golpeando a la gente asiste emocionado a un parto difícil de un corderito y le hace la respiración boca a boca para intentar reanimarlo”.
En esta cárcel al aire libre no hay humillaciones ni castigos: si alguien no quiere seguir las consignas de trabajo y convivencia, vuelve a la cárcel de donde vino. Aunque aún no hay estadísticas de reincidencia, es evidente que la relación cercana con los animales resulta muy beneficiosa para estos delincuentes, pues los ayuda a descubrirse capaces de ser buenas personas y querer pertenecer a la sociedad como un miembro más.