domingo, diciembre 16, 2007

Los perros de Madrid y el gato "Traste"


Madrid es hoy por hoy una ciudad ideal para los amantes de los animales en general y para los amantes de los perros en particular.
Por todas partes se ven señoras y señores mayores, y jóvenes, también, con perros.
Perros preciosos, bien cuidados, muy simpáticos: “bull dogs” ingleses y franceses -estos últimos son más pequeños y menos pesados, casi todos blancos y negros-, “terriers” de todas clases, chihuahuas, carlinos, ovejeros alemanes y algún Gran Tebal (Gran Terreno Baldío)…
Uno se topa cada tanto en la calle con alguno de esos perros y se detiene unos minutos a acariciarlos, contando no ya con la aquiescencia sino con el agrado de sus amos.
La perrita Yorkshire “Pandora” –como la de la caja- pasea con su ama por la calle Luchana, en pleno centro de Madrid. Nos ve a Maite y a mí y se vuelve loca de alegría. Maite la levanta y recibe varios lametones en la cara. Hablamos con el ama de “Pandora” de animales y seres humanos. Coincidimos en que los primeros se dan cuenta en seguida de los humanos que les tienen simpatía y de los que no se la tienen.
En el autobús 149, que va de los Nuevos Ministerios a la Red de San Luis, viaja entre otras personas un ciego joven que sonríe con frecuencia y se le ilumina el rostro atezado. A sus pies, echado en el suelo del vehículo, su lazarillo: un gran Labrador rubio, al que todo el pasaje mira con ternura.
El perro de moda es el “bull dog” francés. En el campo se ven unos canciños chiquitos, de raza indefinida, muy vivarachos, a quienes llaman bodegueros porque se suelen tener en las bodegas con el propósito de que exterminen a los ratones.
Pero el animalito protagonista de este viaje es el gato persa negro “Traste”, que mora o habita, es decir, que campa por sus respetos, en el hostal Sonsoles, donde uno tiene un “pied à terre”.
“Traste” es grande, lanudo, negro como el carbón y tiene los ojos dorados, como topacios felinos. Debe de ser un gato filósofo y, sobre todo, comodón, como todos los gatos, pues pasa una buena parte del día arrellanado en un sillón rojo sumido, al parecer, en profundas reflexiones en las que debe de incluir a su amo favorito –porque tiene varios-: Manuel, a quien nadie llama Manolo.
De vez en cuando, “Traste” se levanta, se despereza y se va caminando con paso lento y majestuoso, como un pachá de cierta edad y mucho poderío, tras algún huésped que le cae simpático y le acompaña hasta su habitación.
Siempre se las arregla para que se le franquee el paso y, una vez dentro del cuarto, curiosea de un lado a otro, con mesura y empaque.
Si encuentra un armario abierto se mete en él con rapidez fulmínea. Por lo general, escoge un estante donde haya ropa de lana y ahí se queda un buen rato, ronroneando en la tranquila penumbra y mirando con sus ojos ambarinos entrecerrado cómo los ocupantes de la habitación se azacanean en diversos quehaceres.
Una vez casi va a parar a la basura, pues se metió dentro de una maleta vacía que estaban por tirar y el que la agarró sin darse cuenta de que el gato estaba dentro se la llevó. Menos mal que le llamó la atención el peso, la abrió y ahí emergió “Traste” sin alharaca alguna, circunspecto y mayestático, como corresponde a un gato de su prosapia.
Cuando se cansa… de no cansarse, “Traste” sale de su retiro temporal en el fondo de cualquier armario de cualquier habitación, o se levanta de su diván, y se tiende boca arriba en el suelo para que le rasquen la panza. Entonces ronronea como lo que es: un gato feliz.
En estos días previos a la Navidad, a “Traste” le calaron un día un gorrito colorado de Papá Noel, con el que salió en varias fotos –una de ellas la que ilustra estas líneas-.
No está mal que el hombre, que suele ser lobo para el hombre, se lleve bien alguna vez con los animales, que son sus hermanos menores.

© José Luis Alvarez Fermosel
Especial para Los Irracionales,
desde Madrid - 2007