domingo, enero 13, 2008

Un amor imposible

Seguramente iba a ser la última vez que nos viésemos pero la vida te enseña a dejar siempre una puerta abierta en previsión de acontecimientos futuros. Hacía dos años que nos habíamos conocido y nuestra relación había transcurrido plena de comprensión, paz y armonía, pero la vida no es una línea recta y en esta ocasión nos obligaba a tomar caminos diferentes. Caminos asfaltados de dolor.
Fue así como seis años después volvimos a encontrarnos en el último lugar que nos habríamos esperado, como suele ocurrir habitualmente en estos casos.
De hecho nunca me había planteado volver a detenerme en aquél bonito pueblo del interior de Tarragona, donde en cierta ocasión ambos nos detuvimos camino de Valencia para reponer fuerzas disfrutando de la buena cocina del lugar y respirar ese aire fresco de la sierra que acaba ocupando un rincón dulce en la memoria.
Seguramente, atraído por el recuerdo de aquella ocasión, me desvié de mi ruta original y me dirigí al pueblo con la intención de volver al mismo lugar donde años antes habíamos compartido ese inolvidable momento. El pueblo no había cambiado y “Ca la María” continuaba siendo un acogedor restaurante de comidas caseras donde el viajero compartía con sus gentes un momento de tranquilidad y bienestar.
Y allí estaba ella, mirándome fijamente mientras yo todavía no había acabado de ocupar mi asiento en la mesa que me habían asignado. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y fuertes latidos golpeaban mi pecho mientras me flaqueaban las piernas. Ningún sonido salió de su boca, ni de la mía. Simplemente me dirigí hacia la puerta y me marché.
Sólo me quedó el consuelo de pensar en ella en el coche mientras volvía a emprender el camino que me llevaría a mi destino. Y entonces las preguntas y las respuestas se agolparon en mi cabeza. ¿Por qué la dejé? ¿Por qué no busqué una solución que nos pudiese mantener juntos? ¿Por qué fui tan egoísta? Tal vez, afortunadamente, siempre hay una respuesta.
En aquella época mi piso era muy pequeño y no había espacio suficiente para ambos. Además, obligado por mi trabajo yo pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa y no me podía ocupar de ella. Para terminar de arreglarlo no pasaba por la mejor temporada económica de mi vida y los gastos que me generaba eran un grave problema para mí. Decididamente no podía tener un perro, y menos una perra que siempre tiene el riesgo de aumentarte la familia. Por eso me ví obligado a darla en adopción a aquella familia de Maçanet de Cabrenys que disponían de una gran casa con jardín, más perros y se podrían ocupar de ella de manera satisfactoria. Hay que ser responsable y para tener un perro hay que tener tiempo y dedicación y ese no era mi caso. Además con los dos periquitos ya tenía suficiente, como para añadir a la familia una perra meona y cagona, con ganas de salir a la calle a buscar piedras todo el santo día y poniéndote la casa perdida de pelos. Y para más colmo todos los perros del barrio histéricos perdidos en la puerta de casa cada dos por tres porque la “chucha” del demonio tenía esos días de exaltación de las hormonas. Y eso cuando no le daba por ponerse a ladrar toda la puñetera noche porque había oído algún absurdo ruido y te montaba un pollo del 15 con todos los vecinos de la escalera. Y que decir de cuando compré el sofá del Ikea y se me estaba todo el puto día subida, poniéndomelo perdido y con una peste a animal toda la casa que me daba vergüenza invitar a ninguna amiga a tomar un copazo. Que desastre…Dios! Ni hablar. ¡A Pastorar!
Así que he decidido no tener perro nunca más. Por cierto, a ver si encuentro a alguien que se quiera quedar con los pericos, que estoy de estos también hasta el gorro.
(A Tana y Nela)
Enrique5
Publicado el viernes 11.11.08 en
http://ellibrodegeno.wordpress.com/